Opinión | Por una cultura pública procomunal, ni feudal ni neoliberal

Estos días estamos terminando de redactar el informe del Eje 1 sobre Desarrollo Local y Acción Comunitaria de lo que será el primer Plan de Derechos Culturales, impulsado a nivel estatal por el Ministerio de Cultura. Todo el proceso está resultando muy sugerente e ilusionante, porque permite imaginar la forma de encaminarnos colectivamente el deseo de poder acceder, practicar y participar de las culturas que nos conforman, de una forma más abierta, diversa, equitativa…
Mientras estás con la cabeza en el informe, cortapegando fragmentos, reordenando ideas, dando estructura al conjunto, te dejas llevar por la ilusión de la posibilidad. La amordazada ingenuidad se desembaraza por un tiempo de sus ataduras y se atreve a volver a volar. Sueñas, deseas, los dedos teclean como si tocaran música. Interpretan a la vez que componen una mágica sinfonía colectiva.
Ese es el verdadero “Efecto Guggenheim”: la neoliberalización, servitización, espectacularización, turistificación de la ciudad y de sus lógicas urbanas
Pero en cuanto levantas la vista, más allá de la luz de la pantalla, hay oscuridad. No es nada nuevo. Son los hombres grises que avanzan lentamente, ganando terreno, insuflando mediocridad incapacitante, alimentándose de nuestras ilusiones para engordar su triste capital. Bilbao es paradigmático de esto. Ese es el verdadero “Efecto Guggenheim”: la neoliberalización, servitización, espectacularización, turistificación de la ciudad y de sus lógicas urbanas; todo ello de la mano de (o del cuello de) la cultura; y con el beneplácito (y el impulso) de nuestras instituciones. Instituciones que están dirigidas, ideológica y genealógicamente, por aquellas mismas a través de las que externalizan y privatizan lo público (los espacios, los servicios, las gobernanzas), convirtiéndonos en mercancía-trabajadoras-consumidoras, antes que en ciudadanas de pleno derecho.
Se van desmantelando efectiva y simbólicamente los servicios públicos y poniendo en manos de intereses privados, derechos fundamentales como la cultura
Llevamos años así, delegando poco a poco responsabilidades y competencias en obras sociales y RSC’s que dicen estar comprometidas con un supuesto y aparente bien común, con la generación de impacto social, pero que como ¿no podría ser de otro modo? a lo que en primer lugar atienden es a sus propios intereses y el de sus accionistas. Así, se van desmantelando efectiva y simbólicamente los servicios públicos y poniendo en manos de intereses privados, derechos fundamentales como la cultura, pero también como la educación o la sanidad. Lo que es más grave, se va generando una subjetividad de que esto es así, es lo normal, es como tiene que ser, incluso que está bien que así sea. Y por eso, como los desmanteladores están haciendo muy bien su trabajo, lo mejor de todo es que, en general… ¡Parecemos encantadas!
Ahora mismo tenemos sobre la mesa dos casos de manual: el ecocidio que pretende perpetrarse con la puesta en marcha de un nuevo museo-franquicia del Guggenheim en plena reserva de Urdaibai, jugando además la perversa carta de la sostenibilidad y la regeneración medioambiental; y más sobrevenido estas últimas semanas, la imposición por parte del Ayuntamiento a la dirección de la Alhóndiga, de un proyecto-espacio STEAM (en este caso sumando la argucia de la igualdad de género para vender la burra), promovido por la Fundación La Caixa, en suelo público (con la adecuación del espacio también desde las arcas ciudadanas), desmantelando así el programa artístico que hasta ahora ha ocupado ese lugar. Para saber un poco más de estos dos casos, dos links: “Isilpeko lapurreta” (robo sigiloso), de Haizea Barcenilla, en Berria y “Guggenheim Basque Country: Euskadi en venta”, de Txema García, en Naiz.
Más allá del mayor o menor interés de los contenidos y programaciones y sus excelencias artísticas, una cuestión clave (…). Tiene que ver con las gobernanzas y poderes, con las formas de participación, con la necesaria democratización de la cultura.
Estos casos, y tantos otros que se dan en la cultura, nos hablan de que, más allá del mayor o menor interés de los contenidos y programaciones y sus excelencias artísticas, una cuestión clave tiene que ver con el derecho a ser parte de. Tiene que ver con las gobernanzas y los poderes, con las formas de participación, con la necesaria democratización de la cultura. Una democratización que en primer lugar debería basarse en las buenas prácticas del gobierno abierto, con cambios en las formas de designación y contratación, con la creación de consejos de cultura y asambleas ciudadanas, con presupuestos participativos y transparencia o con otros órganos de participación y distribución del poder, que reconecten a la cultura y a sus entidades con las creadoras y con el conjunto de la ciudadanía, con las comunidades de las que forman parte y a las que deben su función.
Una gestión democrática de la cultura que, partiendo de una posición debilitada corre el riesgo de que la asumamos como imposible, porque la cultura, que tradicionalmente se gestiona de manera feudal o de reinos de taifas (bajo direcciones aún en demasiadas ocasiones dedocráticas, tantas veces toleradamente absolutistas, señoritingas, caprichosas y tiránicas en sus formas), está pasando, casi sin transición hacia modelos de ¿colaboración? público-privada, entre la tecnocracia metastásica, el mercantilismo exacerbado y el eficientismo mediocretizante, de la mano de las Industrias Culturales y Creativas, al servicio del capitalismo cognitivo y experiencial.
Pero como pasa con eso del dedo y la luna o el árbol y el bosque, parece que seguimos sin querer prestar atención a lo importante. Y eso, siendo optimistas, porque en realidad, el mayor problema es el silencio, el mutismo, la desafección, la falta de compromiso frente a lo que no debería ser; y el miedo (que lleva a la autocensura) o la incapacidad atomizada (derivada de la ausencia de articulación colectiva), del conjunto de la ciudadanía, pero principalmente del propio ámbito cultural, que, salvo excepciones que confirman la regla, por ahora ni está ni se le espera.
Las personas, los grupos, las comunidades, siguen generando cultura, ciudadana, libre, interdependiente, poéticopolítica, que cultiva y cuida.
También es cierto que, más allá de esa realidad institucionalizada tendente a los corporativo, existen otras realidades que operan en el mientras tanto, en el pase lo que pase, privaticen lo que privaticen, vendan lo que vendan… Incluso aunque muchos días ya nos surja la duda (o tengamos la certeza) de si nosotras mismas no somos el producto/servicio de usar y tirar, las vendedoras precarizadas o las propias fabricantes subcontratadas. Incluso también, más allá de las ideas negro sobre blanco que componen esos pequeños-grandes planes en nuestras pantallas, como con el que abría este texto. Mientras tanto, las personas, los grupos, las comunidades, siguen generando cultura, ciudadana, libre, interdependiente, poético-política, que cultiva y cuida.
Eso también intentan arrebatárnoslo, pero por suerte, pese a las grandes dificultades, a los recortes y la precarización, a la insostenibilidad estructural, parece que no es tan fácil borrarnos del mapa, porque además, la energía cultural más popular e independiente, se renueva y reconfigura (lo que no significa que no haya dañinos efectos colaterales y que queden muchos cadáveres profesionales y proyectuales por el camino). Así, en este mismo Bilbao, socialdemocráticacristianamenteneoliberalizado, este mismo fin de semana ha podido disfrutarse de la Gau Irekia, organizada desde Sarean en los barrios conocidos como Bilbao La Vieja; de BALA, feria de edición independiente en pleno centro, en el antiguo Café La Granja; o de Fakalagrapa, feria de fanzines y contracultura, en Karmela en Santutxu.
Y sí, incluso puede que también todo esto desaparezca. Pero somos lombrices, hacemos compost, y entre sus ruinas, rebrotaremos. No seremos nosotras, pero eso, aunque en el desaparecer nos duela (desde un injusto y falso sentimiento de hastío y derrota), no es lo más importante. Porque serán otras y nosotras estaremos de algún modo en ellas, retroalimentando una cultura pluriversal, diversa y común.
Ni feudalismo ni neoliberalismo.
Extendamos lo público desde el procomún.
Sobre el autor
Ricardo Antón es maestro ignorante, des-artista, diseñador en transición. En medio de la nueva raralidad, disfrutando de ser compost, intentado poner la vida en el centro. Habitante de ColaBoraBora, una isla en la que se dedican a redefinir los QUÉs transformando los CÓMOs, diseñando y acompañando entornos y procesos centrados en las personas y los entornos que habitan. También, investigadora y cobaya en el laboratorio de prácticas colaborativas Wikitoki o enredadora en el intento de articulación del ecosistema de Innovación Ciudadana con el Colaboratorio IC. Cada día al levantarse se repite como un mantra: MENOSCOSASMÁSCUIDADAS… ¡En ello está! |
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